lunes, 21 de noviembre de 2016

"Canela fina": Geometría... recomendado en la librería Tipos Infames de Madrid

Sabes que es un libro “canela fina”‪#‎canelafinainfame‬ son nuestras recomendaciones: libros que hemos disfrutado tanto en Tipos Infames que no dejamos de insistir en que los leáis.

martes, 15 de noviembre de 2016

martes, 11 de octubre de 2016

Leonardo Martinez (1932-2016)


 

 

Tacana de Leonardo Martínez. Por una poética del sustrato

 

En otro tiempo, el libro tenía tapas marrones. Era de dimensiones más grandes de las que suelen tener los libros de poesía. Me llegó entonces casi por casualidad, entre un conjunto de libros que había ganado en un concurso literario en el que había participado durante la secundaria. Ese libro se distanciaba de los otros, como dije, por su formato, que era más bien el de una revista, y por un papel que, por alguna razón, se mostraba ya relativamente amarillento. Era la primera edición de Tacana, el libro de Leonardo Martínez, publicado por los Cuadernos de Sudestada en 1989, que se editaban en La Plata bajo la dirección de Ana Amelia Lahitte y que, según recuerdo, formaban parte de una serie de lecturas que se hacían en el marco de un taller literario. Ahora, luego de veinticinco años, Tacana se publica de nuevo, que ya ha rescatado la obra de poetas de distintos ámbitos de la lengua castellana, como el paraguayo Jacobo Rauskin, el chileno Oscar Hahn o el uruguayo Alfredo Fressia.

A diferencia de lo que suele suceder con las reediciones conmemorativas, cuando volví a leer el libro de Martínez en la reedición de Lisboa no me dio la sensación de estar adentrándome en un libro envejecido en relación con mi primera lectura. No se trata, por supuesto, de que la forma de entender la poesía que Tacana plantea, de una manera que oscila entre el arrebato de la inspiración y el trabajo casi artesanal, entre el verso libre de aliento largo y las formas métricas leves y fugaces de la tradición poética de las provincias del noroeste argentino, que fueron recogidas con rigurosidad precisamente por un catamarqueño, Juan Alfonso Carrizo, se haya convertido en estos años en una escritura estrictamente contemporánea. Más bien se puede pensar lo contrario: Martínez se instala con Tacana, un libro con el que inicia de manera tardía lo que ahora vemos como una sólida producción poética, en una forma de posicionarse en relación con la lengua y de concebir su relación con una tradición que un sector dominante de la poesía argentina de los últimos años ha decidido, por algún motivo que nos excede pensar en este momento, combatir o, en el mejor de los casos, ignorar.

En la lectura que me interesa proponer, Tacana dialoga de manera explícita con una serie literaria que tiene su punto de partida a comienzos del siglo XX, en un pliegue que va desde el primer modernismo hasta, digamos así, los años de la vanguardia martinfierrista. El eco de la poesía de Lugones, sobre todo del Lugones que empieza a construir su poética en relación con la tierra y con la tradición nacional en las Odas seculares y, más aún, en los Poemas solariegos, de 1928, es el eco que encuentro con mayor fuerza en la poesía de Martínez, junto con una deriva que está más bien en la lírica de García Lorca (“rumor de palomas blancas”, un verso de Tacana que parece extraído del Diván lorqueano), en su búsqueda poética arraigada en la tradición folklórica y fugaz del pueblo andaluz.

Las últimas palabras de a “Dedicatoria a los antepasados” con la que se abren los Solariegos se agrupan en dos versos alejandrinos. Es un metro que, si por un lado se inscribe en la relectura del corpus de la poesía francesa del siglo XIX que llevan adelante Darío y los modernistas, se conecta en castellano con una capa más profunda, más determinante: la de la poesía originaria de los maestros de clerecía que, como Gonzalo de Berceo, poetizan casi por primera vez en esta lengua y que precisamente un poeta de Catamarca, Juan Oscar Ponferrada, usa como base de su Loor de nuestra Señora y Virgen del Valle, de 1941.

“Que nuestra tierra quiera salvarnos del olvido, / Por estos cuatro siglos que en ella hemos servido”. Son esas palabras que Lugones coloca, como las palabras talladas sobre el mármol sepulcral y conmemorativo (las “escrituras últimas” que analiza Armando Petrucci) al comienzo de los Poemas Solariegos, marcan el espacio en el que habita muchas décadas después Tacana, y el ciclo poético que Martínez inaugura con este poemario. Se mueve de manera deliberada por fuera de la lógica de la desconfiguración y de la superación peramanente abierta con la vanguardia y con sus derivaciones a lo largo del siglo, con su apertura hacia estilos y hacia registros lingüísticos heterogéneos.

Sin embargo, la lengua de Tacana no es una lengua ni de la plenitud ni de la pureza. En ese sentido, no puede en definitiva envejecer. No está sometida a la lógica organicista que prevé el envejecimiento y la muerte. Como la lengua del cante hondo lorquiano, la lengua del poemario Martínez está acechada por el vacío, por el llanto, por la murmuración, por el sonido asignificante. No es la lengua prístina ni la tradición incontaminada que Carrizo creía poder encontrar en los cantares populares de las provincias del norte. Sí, en cambio, es una lengua pródiga, una lengua atravesada por los principio de generación y de expansión del significante y del significado, de dispersión del signo, en el que el elemento autóctono funciona, de manera evidente, como un motor de esa expansión, generativa, celebratoria, ligada con los ciclos de la reproducción y de la regeneración de la vida. De ahí deriva el carácter conmemorativo, sí, pero de ninguna manera ni solemne ni mortuorio de la poesía de Tacana.

En el glosario que Leonardo Martínez preparó para la primera edición de Tacana y que se mantiene en esta segunda, se repone el sentido y el alcance de diferentes términos que aparecen a lo largo del poemario. Son unos pocos términos lo que aparecen allí, como si Martínez hubiera querido, en rigor, dar tan sólo un muestreo posible de aquello que atraviesa, de una manera o de otra, el conjunto de los poemas: la presencia de un elemento que se marca, que arraiga en un lugar concreto, en las estribaciones de la sierra del Ancasti -las sierras que Arturo Marasso ve en el fondo del paisaje cuando se encuentra por las calles de San Fernando con la joven Berta, en su reescritura de la Vida de Nueva de Dante (El libro de Berta, de 1949)-  pero que es, al mismo tiempo, un elemento extrañado. Son las palabras que, como “tacana”, “santiada”, “tumuñuco”, dicen la pertenencia a un espacio, de la relación con un tiempo que es también el tiempo de un habla posible para la poesía, pero que se muestran como palabras deliberadamente ubicados en un espacio marginal en relación con las ondas expansivas del lenguaje.

No son, en rigor, palabras de una lengua muerta. Son palabras, por el contrario, en las que aflora un lenguaje otro, la lengua popular de las provincias del norte, en especial de Catamarca, que exploró el filólogo catamarqueño Federico Pais y mucho antes que él, en su Tesoro de catamarqueñismos, Samuel Lafone y Quevedo: una lengua -restos del cacán, del quechua, del español de los conquistadores- que permanece en un estado no del todo manifiesto; un idioma hundido en gran parte si se quiere un lenguaje olvidado, pero que nunca llega a perderse del todo; una variedad que opera, como lo que los lingüistas a fines del siglo XIX comenzaron a concebir como un sustrato, una base étnica y cultural derrotada por una lengua mayor, por la lengua de un pueblo más potente, que opera desde las sombras, que se asoma en los lugares menos sospechados y que es fundamental, entiendo, en la poética de la persistencia que sustenta las búsquedas de Martínez.

Podemos arriesgar que esa modalidad del sustrato es la manera en que la escritura de un libro como Tacana se instala como una escritura de las periferias geográficas, las zonas marginales que los etnógrafos, los lingüistas, los folklórologos recorren en búsqueda de un componente tal vez más antiguo, quizá más primigenio, de aquellos que buscan acaso de manera ilusoria una reliquia menos contaminada, en relación con una lengua y con una cultura-, una respuesta posible a la pregunta heideggeriana acerca de por qué permanecemos en la provincia. Porque aunque Martínez se haya desplazado a lo largo de su vida desde Córdoba a Catamarca, desde Catamarca a Tucumán, desde Tucumán a Buenos Aires, su poesía permanece en un lugar que no es, estrictamente, ninguno de esos. Está en un plano que no es el de la pertenencia a un lugar concreto, a un lugar específico realmente existente, sino a un mundo posible, el mundo de su poesía, en el que todavía se escuchan las voces de los antiguos abuelos españoles, de los antiguos abuelos indios, de las luchas tremendas por la posesión de la tierra y por la defensa de lo propio que en el antiguo dominio de los andinos asumió dimensiones insospechadas, dramáticas y épicas, poco conocidas, y que fueron retratadas por Adán Quiroga, que vivió casi toda su vida en Catamarca, en Calchaquí en 1897.

“Tacana”, el término, forma parte del vocabulario del mortero y del moler: en esta genealogía artesanal, Tacana, el poemario, puede ser visto como el lugar donde confluyen las voces, donde se celebra la palabra, donde se ejerce la memoria y la vida. Es, en definitiva, el producto de una escritura en “sustrato” que se piensa como un modo de lo que dura, como una forma de lo que persiste.

 

                                                                                  Diego Bentivegna

sábado, 8 de octubre de 2016

Daniel Link - Poeta en Barcelona - Perfil, 8 de octubre de 2016

Me encuentro en Barcelona con el extraordinario poeta argentino Diego Bentivegna. Viene de Valencia, donde acaba de presentar su último libro, publicado por Pre-Textos, Geometría o angustia. Yo vengo de Lleida, donde terminé un ensayo fotográfico sobre el malestar europeo en algunos colectivos juveniles, inspirado en el libro del Comité Invisible A nuestros amigos. 

Paseamos por el magnífico Hospital de Sant Pau, vasto conjunto de inspiración modernista que, apenas a ochocientos metros de esa pesadilla que es la Sagrada Familia, aplaca la angustia que esa aberración mental sostenida ya por demasiadas generaciones provoca. Una amiga catalana me ha dicho: “Allí murió mi abuelo”. Construido entre 1902 y 1930 según los principios del gran arquitecto Lluís Domènech i Montaner, el Hospital (una especie de ciudadela encantada) es más bello allí donde la mirada de los agonizantes y moribundos iba a tener que situarse: en los techos. La agonía (física) y el éxtasis (estético) unidos en un abrazo de complejísima realización arquitectónica, el Hospital como un umbral entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos. 

Completamos la tarde visitando el cementerio de Poblenou, donde nos sorprende la cantidad de flores de plástico y, en consecuencia, la ausencia del olor característico que acompaña a los muertos: la materia orgánica en descomposición. 

Nos detenemos, en cambio, en las inverosímiles inscripciones de las lápidas y, sobre todo, en las fotografías elegidas por los deudos, que casi nunca favorecen a los muertos. Un caso nos resulta particularmente grave. Además de las flores y la escritura funeraria, la familia encargó una estatua a escala real del muerto, donde se lo ve abrazando una botella de ginebra. ¿Quisieron los deudos indicar, por esa vía, la causa de la muerte y, en consecuencia, su alivio?

Probablemente el asunto constituya el tema de un espléndido poema futuro de Diego. 

miércoles, 3 de agosto de 2016

Carlos Battillana sobre La pura luz, en Hablar de poesía, n. 33, Bs. As., 2016.

Diego Bentivegna, La pura luz, Buenos Aires, Cabiria, 2015.
La pura luz, de Diego Bentivegna tiene un rasgo común que articula sus diferentes partes: la pregunta por la lengua. El sustrato de la experiencia histórica y personal impregna el lenguaje poético y, al mismo tiempo, habilita interrogar sobre el propio acto de escribir. Las menciones dispersas a la cultura italiana forman parte de una genealogía lingüística, una suerte de cartografía ancestral que se vincula temáticamente con Las reliquias (2013), el poemario anterior del autor. La referencia a grandes escritores (Pasolini, Gramsci, Montale, Pascoli), las alusiones geográficas a Sicilia e, incluso, un eco de la cinematografía italiana (los pueblos insulares y provincianos que recuerdan las imágenes de Ettore Scola, Nani Moretti y Federico Fellini) se transfiguran en una inflexión argentina a través de dos variantes concretas: las calles del conurbano norte y los pueblos serranos del país.
Al mismo tiempo, la cita inicial de Héctor Viel Temperley, correspondiente a Hospital Británico (“Tengo la cabeza vendada. Permanezco en el pecho de la luz horas y horas. Soy feliz. Me han sacado del mundo”), permite pensar la experiencia de la enfermedad como un estado iniciático. El sujeto poético refiere una dolencia, explorada de manera tenaz por la mirada médica -un estudio neurofisiológico-, y cuenta una estadía en un hospital de provincia, durante la infancia, como si esa experiencia fuera un rito de pasaje. La cabeza repleta de electrodos se concibe como un mapa inexplorado: “Hay un grupo de médicos. Descifran/ lo que mi cerebro proyecta en la pantalla,/ como si hubiera algo ahí, me dicen, que pudiera afectarme,/ un espacio plano donde se pudiera/ tantear la mente, tocarla como/ se toca una piedra, una fruta”.
Tantear la mente como si se tratara de un objeto (una “fruta” o una “piedra”) del que surgen no sólo pensamientos sino también un imaginario que proyecta el futuro y recrea el pasado, consiste en interrogarse por las palabras con las que desciframos el tiempo y el mundo. Esta suerte de itinerario lingüístico restituye lo ausente. Concebir la infancia como un período que se actualiza perpetuamente es el objeto de la reflexión poética: un tiempo recobrado que aún no concluyó. Si el poeta puede “desconfigurar lo que proyecta mi cerebro en un diagrama”, la fuerza de ese cerebro radica, entonces, no en el acatamiento a un mandato, sino en la posibilidad de imaginar un mundo en términos de extrañamiento y desvío. Esto no implica negar el pasado. Al contrario, la sola mención de Héctor Ciocchini (1922-2005), el reconocido poeta, docente e investigador de vasta formación clásica, se constituye en un ademán cultural y en un gesto estético: hacer de la erudición algo vital. El libro no adscribe al prejuicio de considerar la cultura pretérita como materia muerta, pero tampoco se somete a una pasiva veneración. Resignificar las huellas, actualizarlas en términos de diálogo es una perspectiva sobre la cultura, en general, y sobre la escritura de poesía, en particular. El cuerpo afectado por una dolencia, e indagado de manera pertinaz por la ciencia (“Podrían extraerme la cabeza, si quisieran”), remite al libro más conocido de Viel Temperley. De manera oblicua, también evoca la figura de Rubén Darío y el atroz abordaje que sufrió su cerebro por parte de los médicos. Según refieren las biografías (y la leyenda), apenas muere Darío el 6 de febrero de 1916, se intentó estudiar el cerebro, recorrer los indicios de su genialidad en términos fisiológicos. Explorar las misteriosas fuerzas de la creación poética, situada, virtualmente, en las hendiduras y las circunvoluciones del cerebro, es una utopía científica invocada como un deseo: el empeño de reconocer (y rozar) el origen de la poesía, una suerte de programa contemporáneo del ámbito de las neurociencias. La cabeza sería la reserva de las sensaciones vividas, las imágenes espaciales y la inspiración poética.
El fenómeno de la irradiación y la fosforescencia persiste como recuerdo imaginario en La pura luz y tiene su equivalente lingüístico, ya que hay una voluntad de escritura asociada a la claridad. El viaje desde Europa hasta el conurbano bonaerense, el largo periplo de una mujer croata que soporta en sus espaldas una larga lista de muertos (“mis muertitos”) y el fragmento de la canción de Moris (“Eran los días, los días de oro,/ y el sol miraba sin preguntar”) hacen del libro un friso de referencias topográficas y sensaciones antiguas. Las experiencias de la urbe y de la naturaleza son hilvanadas mediante designaciones concretas (la calle Tamborini; el Patronato de la Infancia) y la vaga sensación del paraíso (“En el campo juntamos panaderos/ dentro de ellos viven las estrellas”).
Una escritura tramada en versos breves, a veces parcos, con un tono pausado, paciente, Diego Bentivegna vincula distintas temporalidades, y las transforma en un presente continuo. El tiempo de la infancia no sólo es un estado que no termina de suceder, sino también un modo de ver las cosas, e incluso un anhelo. La experiencia cuando ha sido atravesada por la intensidad y la pasión, como en este caso, reaparece en forma de suaves vestigios y provoca huellas imborrables que no dejan de crepitar en un instante inextinguible. El tiempo, entonces, no sucede linealmente.
Carlos Battilana

miércoles, 8 de junio de 2016

"La república posible" en El país de España


Biblioteca de héroes y mártires

De 'El eternauta' a 'La república posible', de 'Alambres' a 'La voluntad'; un recorrido por los libros imprescindibles de los 40 años de dictadura y sus consecuencias

Imagen de 'El Eternauta', de H. G. Oesterheld y Francisco Solano López.
Todo amante de los libros ansía componer una biblioteca en la que quepa el mundo entero. Esa ambición ─inagotable─ vale como sueño que sigue alimentando anaqueles. Los títulos que ofrecemos aspiran a poblar uno de esos estantes, siempre voraces, acerca de los 40 años transcurridos desde 1976 y los efectos de la dictadura argentina en la cultura. Hemos hecho trampa en ocasiones: las reseñas abren conexiones a otros libros, revistas o filmes recientes que dialogan con el listado. No se incluye Nunca más, informe final de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, entregado al presidente Raúl Alfonsín en 1984 y actualizado en 2006: no ha sido omisión sino voluntad de subrayarlo aquí, en otro plano, como un documento insoslayable.
El eternauta (segunda parte,1976), de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López publicada en el Libro de Oro nº 2 de la revista Skorpio. La ciencia ficción y el espíritu pulp confluyeron en la historieta más emblemática: El eternauta (1957). Escrita por Oesterheld y dibujada por Solano López, narra la aventura de Juan Salvo, padre de familia que se hace héroe en la acción, resistiendo una invasión extraterrestre en Buenos Aires. La segunda parte, publicada entre diciembre de 1976 y abril de 1978 (Oesterheld, militante de Montoneros, ya estaba desaparecido), metaforizó en tiempo real la dictadura, la desaparición de las cuatro hijas del guionista y su pase a la clandestinidad. Ya en democracia, lo mejor del género se desarrolló en la revista Fierro (1984-1992), de subtítulo elocuente: "Historietas para sobrevivientes".
Seamos felices mientras estamos aquí. Crónicas del exilio, de Carlos Ulanovsky (Ediciones de la pluma, 1983. DeBolsillo, 2011). Si bien la represión de la militancia de izquierda había comenzado con la Triple A, instrumento parapolicial del gobierno de Isabel Perón, el golpe del 76 volvió sistemáticas la persecución y la desaparición forzada de personas. Se calcula que medio millón de argentinos dejó el país para salvar sus vidas. Emotivo y desgarrado, este relato refleja la cotidianidad, pesares y debates de quienes llevaron en México "una vida incompleta, cortada en dos", hasta que con el regreso a la democracia en 1983 "la dolorosa y estéril polémica entre los que se fueron y los que se quedaron fue reemplazada por los que vuelven y los que no vuelven".
Alambres, de Néstor Perlongher (Ultimo Reino, 1987), premio Boris Vian de Literatura argentina. "Exilio sexual" llamaba Néstor Perlongher (1949-1992) a su vida en San Pablo. Militante del Frente de Liberación Homosexual, vivía ya en Brasil cuando empezó a escribir "Cadáveres", el gran poema sobre la dictadura, que publicó en 1984 en Diario de Poesía y luego en el libro Alambres. Intensa aleación entre el deseo y la denuncia de la muerte en cada cosa, el frenesí de una lengua desmesurada ─"neobarrosa", torsión que fuerza al neobarroco latinoamericano a meterse en el barro─ afirma que la posdictadura también se libra en los cuerpos. Frente a la poesía social y política al estilo Gelman, Perlongher erige la libertad sensual en gesto político.
Corazones en llamas. Historias del rock argentino en los 80, de Laura Ramos y Cynthia Lejbowicz (1991. Edición corregida y actualizada, Aguilar, 2016). El "rock nacional" fue espacio de expresión alternativa, resistencia y creatividad de los jóvenes durante los 80, una década que empezó con dictadura, censura y estado de sitio y terminó, tras la derrota en la guerra de Malvinas (1982), con democracia, indultos a los militares y a los líderes de organizaciones guerrilleras, e hiperinflación. Todo esto se filtró en las canciones y alimentó la educación sentimental de una generación, que empezaba a llorar dentro de la comunidad roquera a las primeras víctimas de sida. Anécdotas y testimonios de artistas y una bitácora de hitos y lugares confluyen en esta crónica, clásico sobre una época de ebullición cultural.
La Voluntad. Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina. Tomo 5 / 1976-1978, de Eduardo Anguita y Martín Caparrós (Planeta, 1998; Edición definitiva, 2006). Narrar el horror con las voces y, en algunos casos, la autocrítica de sus sobrevivientes es el gran mérito de esta obra imprescindible. Se inicia con el golpe militar que destituyó a Isabel Perón (los "delitos subversivos" serían castigados con pena de muerte "aplicable a toda persona mayor de 16 años", advertía el régimen) y llega al Mundial de 1978. Elocuente fresco del fervor, ideario y divisiones entre militantes, debe leerse en estéreo con otro libro excepcional, testimonio de quienes reinterpretan a sus padres: Hijos de los 70. Historias de la generación que heredó la tragedia argentina, de Carolina Arenes y Astrid Pikielny (Sudamericana, 2016).
Dos veces junio, de Martín Kohan (Sudamericana, 2002). Dos mundiales de fútbol ─el de junio 1978, que Argentina ganó y el de 1982, mientras el país perdía la guerra de Malvinas─ enmarcan esta novela que se abre con una pregunta feroz apuntada en un cuaderno junto al teléfono de una dependencia militar: "¿A partir de qué edad se puede empesar a torturar a un niño?" (sic). La falta es corregida por el soldado que la encuentra, a quien le preocupa más ese desajuste ortográfico que el horror que encierra. La ficción avanza indagando el vacío moral y los niveles de adhesión que lo hicieron posible. Kohan participó también en Golpes (Seix Barral, 2016): relatos y memorias de la dictadura de 24 escritores en edad escolar en 1976.
Política y/o Violencia. Una aproximación a la guerrilla de los años 70, de Pilar Calveiro (Norma, 2005; Siglo XXI, 2013). ¿Qué hicieron o dejaron hacer los militantes de los 70 en relación con la violencia que acabó destruyéndolos? ¿Por qué su propuesta política no logró hacerse aceptable para la sociedad? Detenida en 1977 durante un año, Calveiro se exilió luego en México. Su ensayo fue crucial para instalar la discusión sobre la memoria social y un tema por entonces tabú ─junto con libros colectivos como No matar: sobre la responsabilidad (UNC, 2007)─. "Los sobrevivientes, los militantes, los actores políticos principales de entonces tienen que retomar (...) una palabra crítica que dé cuenta de los sentidos y los sinsentidos de lo actuado". En 2014, Héctor Leis y Graciela Fernández Meijide replantearon estas cuestiones en el muy recomendable documental El diálogo.
76, de Félix Bruzzone (Tamarisco, 2008). Los ocho cuentos de 76 desovillan historias así: un protagonista decide invertir la indemnización que le dio el gobierno por la desaparición de sus padres para fabricar cigarrillos que se puedan fumar bajo la lluvia. Félix Bruzzone, nacido en 1976 e hijo de desaparecidos, escogió el camino de la elipsis y de la ausencia de victimización para contar su historia. Y renovó las formas de decir un espanto que no requiere subrayarse para ser elocuente: grita en los cientos de huérfanos que dejó el terrorismo de Estado, muchos de ellos secuestrados y aún buscados por Abuelas de Plaza de Mayo.
"La república posible. 30 lecturas de 30 libros en democracia, editado por Diego Bentivegna y Mateo Niro (Cabiria, 2014). La literatura argentina desde 1983, año del retorno a la democracia, es una "máquina de la memoria, que retoma, da forma, reelabora y potencia la experiencia del horror de los años feroces", afirman los editores de este "recorrido crítico posible". En la biblioteca que forman las elecciones y ensayos de los 30 "lectores profesionales" convocados (periodistas, escritores, académicos, traductores...), se destaca también la presencia inoxidable de la noción de crisis y la riqueza de los papeles íntimos (cartas, diarios, etc). De Fogwill a Mairal, la selección abraza todos los géneros y es atractiva tanto por lo que se incluye como por lo que expresan las omisiones."